¡Mi hijo tartamudea!

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Cuando su hijo intenta iniciar una conversación, son el estrés y la tensión los que se vuelven protagonistas del diálogo en vez de sus palabras. Pues, las continuas interrupciones en la emisión de sus frases, perjudican la comprensión de sus ideas y le hacen perder la paciencia a casi cualquier receptor. Su hijo tiene disfemia y empieza a afectar su vida.

La disfemia, más conocida como tartamudez, es un trastorno de lenguaje que afecta la fluidez del habla, a través de la repetición de sonidos, sílabas, frases o palabras, que se caracterizan por la prolongación, bloqueos o pausas inadecuadas durante el discurso.  Esta dificultad, no solo afecta profundamente la comunicación del infante, sino también su autoestima y habilidades sociales.

Según la Asociación Americana de Tartamudez, aproximadamente el 5% de los niños, es decir, uno de cada veinte, la desarrollan. Puede ser ocasionado por herencia, lesiones cerebrales o traumas emocionales, al que se le denomina tartamudeo psicogénico.

En la mayoría de los casos, la disfemia afecta al individuo durante sus actividades cotidianas, en la escuela, el hogar, o en reuniones sociales. Aunque, estos episodios suelen hacerse mucho más notorios al estar expuestos a situaciones que resulten estresantes, como un gran auditorio o la atención de alguien importante.

Si no se trata a tiempo, la falta de fluidez se puede extender hasta la edad adulta, causando fuertes heridas emocionales. Algunos de estos sentimientos negativos son compartidos en el portal web de la emisora radial colombiana “Uniminuto”, donde el vocero latinoamericano de la asociación contra la disfemia, quien además la padece desde la infancia,  otorgó su testimonio.

“La mayoría de las personas piensan que tartamudeamos porque somos inseguros y tenemos baja autoestima, pero la realidad es que la baja autoestima es producto de toda una vida de tartamudez”, dijo Alfredo Gonzáles, quien también comenta que debió aprender a desarrollarse en la vida con una “gran exigencia mental para no equivocarse y ponerse en evidencia”.

 “Para que la disfemia no sea tan agresiva, hay que entender lo que sentimos quienes tartamudeamos, que es vergüenza y complejo”, agregó Alfredo Gonzáles. “Elegí una carrera que tuviera una combinación fácil de palabras: ingeniería industrial. Si me gustaba una mujer a la que me quería acercar pero su nombre iniciaba por una letra difícil, la descartaba y evadía”, concluyó.

Como queda claro, el aspecto más preocupante de la tartamudez, es el efecto que puede tener en las emociones, actitudes y autoconcepto del hablante. Incluso los consejos paternos que buscan ayudar a los niños a controlar su problema, pueden ser contraproducentes. Palabras como “respira” o “piensa lo que dices”, los hacen temer a las conversaciones.

Para evitar aumentar la inseguridad de un niño con disfemia, y en cambio, acabar con su dificultad, es importante contactar con profesionales del lenguaje que sepan llevar a cabo una terapia que refuerza su seguridad y facilite su fluidez verbal. Los logopedas, utilizan técnicas que permiten al paciente obtener un mayor control sobre sus momentos de tartamudeo, esto repercute en su confianza como emisor, lo que también disminuye la falta de seguridad.

Se le recomienda a los padres de niños con disfemia, no terminar las frases por ellos, no criticarlos, interrumpirlos o hacerles demasiadas preguntas; y finalmente, hablarles despacio, con frases cortas y sencillas.

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